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DEL BUEN COMER
29 de Mayo de 2025
En una esquina tranquila de Puerto de Sagunto, se alza un lugar donde el tiempo parece latir de otra forma: el Centro Aragonés de Puerto de Sagunto, una institución cultural y social que desde hace décadas actúa como punto de encuentro para la comunidad aragonesa en la Comunidad Valenciana. Su misión va mucho más allá de preservar tradiciones: también sabe a hogar y se expresa a través de la comida.
Ubicado en la esquina de la calle del trabajo y calle Teodoro Llorente, este centro es más que una sede cultural, es un refugio afectivo. Su decoración, sobria pero cargada de detalles que evocan las tierras aragonesas, como banderas, fotografías antiguas, elementos de folclore y símbolos regionales, transforma el espacio en un rincón de Zaragoza, Huesca o Teruel junto al Mediterráneo. El ambiente que se respira es auténtico, plural y comunitario.
Uno de los secretos mejor guardados del centro es su restaurante. La cocina está viva, no solo por los aromas que emergen de sus fogones, sino por la interacción cercana con los comensales. Aquí nadie es cliente: todos son recibidos como si llegaran a casa de un amigo.
Su menú diario, que cambia semanalmente, es una verdadera joya gastronómica por solo 10 €. Incluye primer plato, segundo, bebida, pan, postre o café, y se adapta a los productos de temporada y a las preferencias del público habitual, que va desde trabajadores de la zona hasta visitantes curiosos por la cocina regional sin artificios.
Centro Aragonés de Puerto de Sagunto
El día de nuestra visita, el menú ofrecía cuatro opciones de primero y cuatro de segundo. Optamos por una fideuà, sorprendentemente generosa, con un fondo sabroso y sutilmente marino, y una crema de calabacín, equilibrada, reconfortante y sin exceso de sal, como si hubiera sido preparada pensando en quienes buscan cuidar el paladar tanto como la salud.
El día de nuestra visita, el menú ofrecía cuatro opciones de primero y cuatro de segundo. Optamos por una fideuà, sorprendentemente generosa, con un fondo sabroso y sutilmente marino, y una crema de calabacín, equilibrada, reconfortante y sin exceso de sal, como si hubiera sido preparada pensando en quienes buscan cuidar el paladar tanto como la salud.
Para el postre, el broche perfecto: un flan de queso y un flan de café, ambos servidos con generosos copos de nata montada. Un final dulce que conectan con los sabores de la infancia y los recuerdos de familia.
En tiempos en los que la gastronomía muchas veces corre tras tendencias, olvidando el corazón, espacios como el Centro Aragonés de Puerto de Sagunto nos recuerdan que la verdadera cocina sigue viva en los lugares donde la gente se sienta a comer, a conversar y a recordar. Que el buen precio no está reñido con la calidad. Y que la tradición no se exhibe, se cultiva.
Un restaurante modesto, sin estrellas ni campañas de marketing, pero con una estrella emocional imborrable para quienes saben valorar lo que de verdad importa: comer bien, sentirse acogido y saberse parte de una historia compartida.
El Centro Aragonés de Puerto de Sagunto es también un espacio de memoria colectiva. Fundado hace más de medio siglo por emigrantes aragoneses llegados a trabajar en la industria local, sobre todo en Altos Hornos del Mediterráneo, mantiene una intensa actividad social y cultural: desde encuentros gastronómicos y jornadas temáticas hasta celebraciones del Día de Aragón o festivales de jotas.
Su papel como nexo entre generaciones, culturas y regiones lo convierte en un modelo de cómo la identidad regional puede convivir, dialogar y enriquecer la identidad plural valenciana. Aquí, lo aragonés no se encapsula: se comparte.