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NOVEDADES Y RECETAS
16 de Junio de 2025
La pizza blanca con trufa, setas silvestres y mozzarella es una versión elegante y aromática de la clásica pizza italiana, perfecta para quienes buscan una experiencia más sofisticada y terrenal. Prescindiendo de la salsa de tomate, esta receta permite que brillen los sabores umami de las setas y la intensidad sutil pero persistente de la trufa negra, realzados por la cremosidad de la mozzarella fresca y el delicado perfume de una base de nata. Ideal para compartir en una cena especial o como plato estrella de una carta de otoño o primavera, esta pizza combina sencillez, carácter y un toque de lujo gastronómico.
Para la masa (puedes usar masa fresca ya preparada o hacerla casera):
300 g de harina de fuerza
180 ml de agua templada
7 g de levadura seca de panadería
1 cucharadita de sal
1 cucharada de aceite de oliva virgen extra
Para la cobertura:
200 g de mezcla de setas silvestres (rebozuelos, trompetas, boletus)
200 g de mozzarella fresca (mejor si es de búfala)
100 ml de nata líquida para cocinar
1 diente de ajo picado muy fino
1 cucharada de aceite de trufa o unas láminas finas de trufa negra fresca
Sal y pimienta negra recién molida
Unas hojas de tomillo fresco (opcional)
Preparar la masa
En un bol, mezcla la harina con la sal. Disuelve la levadura en el agua templada y añade el aceite. Incorpora a la harina y amasa hasta obtener una masa lisa. Deja fermentar tapada 1 hora hasta que doble su volumen.
Preparar las setas
En una sartén, saltea las setas limpias con el ajo y un poco de aceite de oliva. Cocina a fuego medio hasta que suelten el agua y se doren ligeramente. Salpimienta al gusto.
Montar la pizza
Precalienta el horno a 250 °C con piedra o bandeja dentro. Estira la masa en forma redonda o rectangular. Unta una fina capa de nata líquida sobre la base (no pongas salsa de tomate). Añade la mozzarella troceada y reparte las setas salteadas por encima.
Horneado
Hornea durante 10-12 minutos o hasta que la masa esté crujiente y dorada.
Toque final
Al salir del horno, añade unas gotas de aceite de trufa o láminas finas de trufa negra fresca y, si lo deseas, unas hojitas de tomillo.
300 ml de nata para montar
150 ml de leche entera
80 g de queso manchego curado rallado fino
60 g de miel (de azahar o romero)
1 yema de huevo
1 pizca de sal
Trufa negra fresca o aceite de trufa (al gusto)
Infusión de la base
Calienta la leche con la nata en un cazo sin que llegue a hervir. Añade el queso rallado y remueve a fuego muy suave hasta que se funda por completo. Retira del fuego.
Incorporar la yema y la miel
En un bol, mezcla la yema con la miel y una pizca de sal. Vierte poco a poco la mezcla caliente sobre la yema sin dejar de batir (para evitar que se cuaje). Devuelve al cazo y cocina a fuego bajo unos minutos, hasta que espese ligeramente (tipo crema inglesa). No debe hervir.
Enfriar y congelar
Deja enfriar completamente la mezcla. Añade trufa negra rallada o unas gotas de aceite de trufa, al gusto. Congela en una heladora o en un recipiente, batiendo cada 30 minutos durante las primeras 3 horas para evitar la cristalización.
Presentación
Sirve bolas de helado con un hilo de miel por encima y unas láminas finísimas de trufa fresca. También puedes acompañarlo con nueces tostadas o pan de especias.
La trufa negra (Tuber melanosporum) contiene compuestos volátiles como la anandamida y el dimetilsulfuro, que estimulan directamente los receptores de placer del cerebro, generando una sensación casi adictiva. Su aroma terroso, entre almizclado y avellanado, no solo intensifica los sabores del plato sino que también tiene un efecto evocador: una sola lámina puede transformar por completo una preparación simple en una experiencia gourmet profunda y sensorial.