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TURISMO GASTRONÓMICO
17 de enero de 2026
Cuando el invierno aprieta y las noches se alargan, hay una celebración que rompe el frío desde dentro. Sant Antoni Abat, patrón de los animales, llega cada enero para prender hogueras, bendecir mascotas y reunir a vecinos alrededor del fuego y de la comida. No es solo una fiesta religiosa: es un ritual popular que conecta el pasado rural con el presente urbano, donde la tradición se vive y se come en la calle.
En muchos puntos de España, especialmente en la Comunidad Valenciana, Baleares y Cataluña, Sant Antoni transforma plazas y barrios en espacios de encuentro. Las llamas iluminan fachadas, el humo perfuma el aire y el sonido de las conversaciones se mezcla con el chisporroteo de las brasas.
Las hogueras de Sant Antoni tienen un profundo significado simbólico. Representan la purificación, la protección y el inicio de un nuevo ciclo. Antiguamente, el fuego servía para alejar enfermedades del ganado y limpiar simbólicamente casas y corrales. Hoy, sigue siendo el corazón de la fiesta.
El correfoc es una de las tradiciones más espectaculares y simbólicas, especialmente en el arco mediterráneo. Durante estas noches, las calles se llenan de música, tambores y chispas, mientras grupos disfrazados de diablos corren y bailan bajo el fuego de bengalas y artefactos pirotécnicos.
Lejos de tener un sentido negativo, estas figuras representan el juego ancestral entre el bien y el mal, el caos y la purificación. El fuego vuelve a ser protagonista: quema lo viejo, ahuyenta lo malo y da paso a un nuevo comienzo. Participar, o simplemente observar, un correfoc es sumergirse en una experiencia colectiva donde el miedo se transforma en risa y adrenalina.
Estas jornadas no se entienden sin el ambiente festivo que las rodea. Conciertos, música en directo, cenas populares y encuentros en la calle acompañan el ritmo de la celebración, convirtiendo Sant Antoni en una fiesta viva, cercana y profundamente social, donde el fuego ilumina no solo la noche, sino también la memoria compartida.
Uno de los momentos más emotivos de la jornada es la bendición de los animales. Perros, gatos, caballos y todo tipo de mascotas desfilan para recibir la protección del santo. La escena, repetida en pueblos y ciudades, conecta con el origen campesino de la fiesta y recuerda la relación histórica entre las personas y los animales que las acompañan y sostienen.
Sant Antoni no se entiende sin cocina. Aquí, la fiesta se vive con cuchara en mano y tiempo por delante. La tradición de les olles marca el ritmo de la jornada y convierte la gastronomía en un acto colectivo.
La olla es cocina de invierno, de fuego lento y de memoria. Durante Sant Antoni, muchas familias, asociaciones y colectivos preparan grandes ollas para compartir. No existe una única receta: cada casa aporta su versión, pero todas parten de la misma base humilde y reconfortante.
Legumbres, verduras de temporada, patata, arroz o cereal y algún toque cárnico —hueso salado, tocino, embutido— hierven durante horas hasta dar lugar a un guiso profundo, espeso y lleno de sabor. Es una cocina que abriga el cuerpo y la conversación.
Junto a las olles, las brasas toman protagonismo. Longanizas, chorizos, morcillas y panceta se asan alrededor de la hoguera, mientras el pan pasa de mano en mano y el vino acompaña sin prisa. Comer en la calle forma parte de la experiencia: no hay mesas formales, hay corrillos, platos humeantes y charla compartida. Cuando la hoguera empieza a apagarse y el frío vuelve a notarse, llegan los dulces tradicionales: coques, rollos, pastas caseras, a veces acompañados de chocolate caliente. Son recetas sencillas, de las que saben a infancia y a fiesta de barrio, el cierre perfecto para una noche larga.
La comida popular de Sant Antoni no busca lucirse, busca reunir. Y lo consigue.
En Canals (Valencia), la hoguera monumental se convierte en un espectáculo que atrae a miles de personas.
En Sa Pobla y Artà (Mallorca), los dimonis, el fuego y la comida popular transforman el pueblo en una escena casi ritual.
En Barcelona y otras ciudades, la bendición de animales mantiene viva la tradición en pleno entorno urbano.
Cada lugar aporta su forma de celebrar, pero el espíritu es el mismo: fuego, comunidad y mesa compartida.
Sant Antoni no se contempla, se vive. Se camina entre hogueras, se come de pie, se canta aunque no se sepa la letra. Es una fiesta que no entiende de prisas ni de postureo, sino de tradición, cuidado y encuentro.
Quien la vive una vez suele repetir. Porque pocas celebraciones logran algo tan sencillo y tan valioso: reunir a las personas alrededor del fuego, los animales y la comida. Y eso, en pleno invierno, es casi un milagro.
Patrón de los animales: Sant Antoni Abat fue un ermitaño del siglo III que vivió rodeado de animales en el desierto. Según la tradición, los curaba y protegía, por eso se le representa siempre con un cerdo a sus pies y se le invoca para pedir salud y protección para todo tipo de animales.
El cerdo como símbolo: En muchas celebraciones aparece la figura del cerdo porque, históricamente, los hospitales y cofradías de Sant Antoni criaban cerdos que luego se destinaban a alimentar a los más necesitados. De ahí su fuerte vínculo con la alimentación y la cocina popular.
Una fiesta con raíces paganas: Aunque hoy es una celebración cristiana, Sant Antoni conserva elementos de antiguos rituales paganos del solsticio de invierno, donde el fuego se utilizaba para purificar, proteger las casas y asegurar prosperidad para el año que comenzaba.
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